Primer premio del concurso de narraciones Juan Fuster Zaragoza para los alumnos del segundo ciclo.
Millares de letras, unidas para formar miles de palabras, que componían cientos de frases, que engrandecían los desarrollados textos que formaban mi tesis. Mi gran tesis.
Me llamo Esperanza, nací mujer, española y afortunada. El destino me trajo a Nueva York y aquí en la ciudad de los rascacielos, espero entre multitudes con atención, el resultado de mi gran proyecto.
Observé el inmenso paisaje que me rodeaba, Central Park, desde la altura donde me encontraba todo parecía más grandioso e imponente. Sólo se me ocurrió dar las gracias, gracias por haber nacido, por haber sabido aprovechar mi vida, esa, que un día me regaló mi madre, y a ella, la suya.
Fijé la vista en aquellos gigantescos árboles, tomando un sorbo de un delicioso té y me sentí bien, tan bien que recordé a la señora Belinda, aquella que años atrás me regaló su rústico diario amarillento y que una década después conservo como un talismán en mi maletín.
Acaricié su primera hoja ya envejecida por el tiempo, suspiré profundamente y comencé a leer.
“…15 de abril de 1.960. Belinda.
Rodeada de pobreza, me dispongo a salir de mi pueblo, vestida con la única ropa que tengo, un vestido negro con su oscuro abrigo, un chal heredado y una maleta de cartón. Me dirijo lentamente a la anticuada estación de tren, con la única bicicleta de hierro oxidado de la familia. Las rudas piedras de las paredes me rozan al pasar, para despedirse y tímidamente le pido ayuda a la telefonista para que marque el número de teléfono, que previamente me han anotado en una arrugada tarjeta, de mi querida tía que espera impaciente en la costa. Nos separaban 300 kilómetros de angustia, tristeza y abatimiento. Era tanta la penuria, el poco trabajo, la desigualdad entre hombres y mujeres que he tenido que gastar mis últimas monedas en esa larga conferencia, para avisar que mi decisión había sido viajar. Viajar al progreso, al futuro, a la modernidad. Me siento triste…”
Seguí acariciando el rústico diario amarillento, coqueteando esta vez con otra delicada historia.
“…12 de junio de 1.960. Belinda.
En mi nuevo pueblo soy una inmigrante de una misma tierra, aquí las madres tienen muchos hijos, se ocupan de la casa, de la familia, de la comida, su tiempo se evapora lavando la ropa en el río, cocinando a fuego lento en el hornillo y limpiando con viejos trapos los fríos y tristes muebles de madera. Me siento sola…”
Una lágrima me recorrió la mejilla, para terminar besando la siguiente lámina, que tantas y tantas veces leí y releí, sirviéndome de inspiración allí dónde fui.
“…20 de septiembre de 1.960. Belinda.
No tuve tiempo de ir al colegio, no me acordé de aprender. No entiendo nada de lo que me dicen, me hablan pero no descifro los códigos, es otro idioma dentro de una misma nación, los carteles me indican pero me pierden, me siento desorientada, soy analfabeta y eso hace que sienta un gran vacío. No se leer su lengua, apenas escribir la mía, no puedo comunicarme. Debo ir cada día al centro a trabajar en un rústico tranvía con olor a petróleo y sonoros chasquidos a hierros y hojalatas. Me dicen que debo formarme como esposa y que necesito integrarme cuanto antes en esta sociedad repleta de nuevas tradiciones, costumbres y dialectos para mí. Me siento abandonada…”
Suspiré una vez más, agarrando fuertemente aquel rústico diario amarillento y esperé plácidamente hasta observar la siguiente página.
“…22 de marzo de 1962. Belinda.
Como cada día voy a buscar el agua a las fuentes del pueblo, la ropa la tiendo al sol dejándome acariciar por sus ricos y cálidos rayos. Mi hija empuja para nacer y la matrona vive muy lejos, dicen que el hospital está retirado de mi casa y no hay vehículo para llevarme. Los dolores son intensos y debo parirla sin más ayuda que la de alguna vecina y sin más voces de aliento que las de Dios. Ha nacido de forma natural entre sábanas blancas y el calor del fuego. Me siento agotada…”
Sentí un escalofrío, lo volví a sentir, observé otra vez aquella verde y grandiosa arbolada y seguí leyendo.
“… 07 de agosto de 1969. Belinda.
He conseguido construir mi casa, mi humilde y sencilla casa, lo logré con el esfuerzo, el trabajo y la constancia de una mujer sin miedo.
Mi entorno no fue favorable, pero me adapté, me integré, crecí.
Mi ambiente no me ayudó, pero logré avanzar, aprendí, evolucioné.
Y sobre todo, viví de forma positiva.
El camino ya está trabajado, arado, limpio y sembrado, espero que todos aquellos que nos han seguido sepan cosecharlo, aprovecharlo y disfrutarlo…”
Cerré aquel rústico diario amarillento y lo estreché fuertemente entre mis brazos. Lo guardé en mi maletín de trabajo, justo en el bolsillo derecho, del izquierdo saqué el mío, aquel que un día comencé a escribir todas mis anotaciones, anotaciones que podía insertar, modificar y ampliar a mi antojo en esa gran tableta informática.
“13 de febrero de 2022. Esperanza.
Rodeada de riquezas, me dispongo a salir de mi ciudad, vestida de cultura, ciencia y tecnología, un portátil repleto de rica y estudiada información, y mi equipaje desbordado de ilusión, trabajo bien hecho y nuevos proyectos. Me dirijo con la rapidez de mi alegre energía hacia mi coche automático, solo un minuto para introducirle la dirección del aeropuerto al GPS. Las grandes pantallas digitales me informan de los próximos vuelos, no hay retrasos. La gran escalera mecánica me transporta dulcemente hacia mi destino, Nueva York. Las tecnológicas paredes me saludan avisándome de mi vuelo, ocho horas de intenso y dulce viaje para trasladarme de Europa a América. El avión me recibe y cómodamente me reclino con ese renovado MP5 para soñar despierta con el futuro, intento ordenar los últimos apuntes en mi ordenador y por última vez guardo el proyecto en un pen-drive de gran capacidad. Antes de despegar, mando un sms a todos mis contactos para que sepan que el vuelo está en horario, un correo electrónico para mi familia, adjuntando por supuesto un archivo con foto incluida del momento, por último, subo una imagen del maravilloso atardecer de Madrid para todos mis amigos en nuestra red social preferida. Y una llamada tranquilizadora desde ese moderno iphone a mi hermana que me espera en la Academia de ciencias de Nueva York. Es tanta la expectativa, la ilusión, el trabajo, la prosperidad, el avance y la igualdad entre hombres y mujeres que me siento dichosa, afortunada, grande, hermosa. Me siento feliz…”
“… 14 de marzo de 2022. Esperanza.
Estoy en otro continente, en un nuevo país, en una ciudad cosmopolita y ya me siento parte de esta tierra. Saludo a la gente con optimismo, con su idioma, el inglés, que ha sido mi segunda lengua durante toda mi vida, gracias a ello me comunico con todos y con todo. Busco en internet mi siguiente paso y lo encuentro fácilmente en maps, la ubicación de la Universidad de Washington de San Luis en Misuri, aquí estreno mi esperada y merecida beca de medicina para poder así trabajar en mi tesis doctoral, culminando por fin, la carrera que tanto amo. El metro me lleva justo delante de la puerta principal, al observar tal belleza me quedo maravillada, retiro mi MP4 de mis oídos y comienzo a captar instantáneas en la cámara digital, en ella más de mil fotos guardadas de todos los viajes que me colmaron de cultura, conocimientos y sabiduría. Comparto las imágenes con mi familia en el ipood y rápidamente recibo respuesta. Estamos en continuo contacto, los lazos virtuales se potencian, se estrechan, te unen. Me siento acompañada…”
“20 de febrero de 2023. Esperanza.
Mi fiel hermana está alumbrando a su primera hija, lo grabo con su cámara de vídeo sin perder detalle, su pareja mira en el monitor donde escucha el latir del corazón de su bebé, la anestesia epidural permite disfrutar del nacimiento de su niña sin dolor alguno. Todo el instrumental está avanzado, esterilizado, informatizado, apenas arrancó sus primer gemido de vida, mi madre lo disfrutaba al otro lado del océano, emocionando al resto de familiares y amigos, disfrutándolo en una TV LCD de 42”, en vivo y en directo desde el nuevo mundo al viejo en un par de segundos.
Estoy colmada de atención, mis compañeros trabajan codo con codo conmigo, en mi proyecto he dedicado años de estudio, de aprendizaje, de cultura, de vivencias y experiencias. Largos meses de esfuerzo y constancia para conseguir un resultado excelente que pueda ayudar al resto de la humanidad, un objetivo lleno de ilusiones para mejorar la calidad de vida de los humanos, un programa cargado de ilusión, de paz y amor. Todo ello gracias a las nuevas tecnologías que hicieron posible que este resultado fuera más fácil y placentero de realizar. Un paso adelante en la ciencia. Me siento dichosa…”
El sonido de un nuevo mensaje me volvió a la realidad, en el interior del palacio de congresos reclamaban la asistencia de todos los asistentes. Me senté junto a mi equipo y visualizamos como tantos otros los nominados. Mi tesis no solo había sido aprobada por la gran mayoría de científicos de la Universidad, sino que el trabajo fue aceptado, la obra reconocida y el resultado premiado.
Ni un solo invitado al evento dejó de aplaudir durante largos minutos de emoción, entusiasmo y exaltación.
Mis temblorosos dedos intentaban desatar el minúsculo lazo rojo que abrazaba mi galardón. Cerré los ojos, inspiré profundamente y les hice una gran reverencia. La misma que ellos me hicieron con sus interminables aplausos.
Fui acompañada hasta el salón siguiente y mientras intentaba andar conseguí poner en mi blog lo experimentado momentos antes, para que lo disfrutaran todos los que me apreciaban.
“…Me llamo Esperanza. He sido premiada con el Premio Nobel de Medicina por haber descubierto la vacuna contra el cáncer…”
Rápidamente comencé a recibir respuestas de felicitaciones de todo el mundo, por sms, correo electrónico, redes sociales, móvil.
Hasta la misma naturaleza me premiaba con un cielo estrellado, su luz más intensa que nunca me anunciaba una vida de éxito, de éxito para compartir.
Los periodistas comunicaban al resto del planeta el triunfo del trabajo, la televisión, prensa y radio compartían el premio conmigo y el resto de la humanidad.
Logré extraer mi agenda electrónica para anotar algo importante cuando recibí un mensaje maravilloso.
“…Felicidades, mujer sin miedos…”
Era ella, mi ángel, mi guardiana, la dueña de mi camino, la dueña de aquel rústico diario amarillento.
-¿Qué va a hacer con el premio? -Me preguntó un ansioso comunicador-
Respiré profundamente, miré a todos repleta de amor y seguridad diciéndoles a los presentes:
-Salvar vidas.
Miré la cámara y sonriendo terminé susurrando.
-La primera la tuya Belinda, por haber alisado el camino, por haberlo trabajado, por haberlo sembrado y sobre todo, por dejar que yo recogiera los frutos de aquellas semillas que un día tú esparciste en la tierra.
Salí despacio escuchando el sonoro aplaudir de mis seguidores y bajé aquella escalinata escribiendo el mejor de los mensajes.
“…A todo mi equipo, a todos los que me acompañaron en las largas noches de investigación, a todos los que me alentaron cuando los resultados no fueron los esperados, a todos los que creyeron en mí en esta larga trayectoria, a todos os digo:
La teoría está premiada, ahora vamos a ponerla en práctica. Preparen a la Sra. Belinda, vamos a salvarla…”
María García Ponce (1º-B ESO)